Aquellas pequeñas cosas

[English version here.]


El título de este post es el nombre de una canción de Serrat (no dejéis de escucharla), centrada los recuerdos de “aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel, o en un cajón”.

En cierto sentido, siempre me ha sorprendido la diferencia que hay entre el yo del día a día, y el yo nostálgico. Sobre todo, porque ese yo nostálgico es un especialista en apreciar esas pequeñas cosas que en su momento nos parecieron insignificantes. Esos detalles, que en su momento guardamos como un simple recuerdo, sin ser del todo conscientes del poder que atesorarían más adelante.

Ese pequeño objeto que tenemos guardado en un cajón o una caja (una goma del pelo, un anillo, quizá la anilla de una lata), del que probablemente nunca nos acordamos salvo cuando nos lo encontramos -normalmente buscando otra cosa-, y que repentinamente nos inunda de recuerdos. Un pequeño contacto entre nuestro pasado y nuestro presente. Un olor que vuelve a nuestra memoria. Quizá una anécdota; quizá una historia. El recuerdo de un amor que ya no es. Cenizas de nuestro pasado.

La nostalgia es un sentimiento curioso. Es pena, pero es felicidad. Echamos de menos ese pasado precisamente porque el pasado fue feliz. Yo soy de los que piensa que la memoria es más sabia de lo que parece: sabe que al final son las cosas buenas las que uno quiere quedarse consigo para siempre -las malas sirven para aprender algo, y seguir hacia adelante-. Y en cierto sentido, a veces esa pena viene de pensar que en aquel momento fuimos más felices que ahora. Pero en otro sentido, esa sensación cálida que nos recorre, y que nos hace sentir lo afortunados que fuimos en aquel momento; nos recuerda por qué la vida merece la pena. Y nos recuerda que al final, las únicas cosas que duran son las cosas buenas.

Hace unos meses, recuerdo estar sentado en el sofá, en casa de mi novia. Acababa de volver de Cádiz después de las navidades, y pasaba por Madrid un par de días antes de volver definitivamente a Ulm. Con una copa de vino en la mano, y unos minutos para pensar, vino a mi mente tan sólo una frase: “Soy feliz.”

Y tú, ¿eres feliz?

Te lo pregunto porque después de pensarlo, me di cuenta de algo: a veces creemos que no somos felices simplemente porque no nos permitimos serlo. Porque no nos paramos a apreciar todo lo que tenemos en nuestras vidas.

Porque en lo que tenemos fija nuestra mirada es en las cosas que no tenemos. En aquellas cosas que (creemos) se interponen entre nosotros y la felicidad. Si tan sólo las tuviéramos, estaríamos completos.

“Cuando consiga X, entonces seré feliz.”
“Cuando tenga un hijo/me case/… seré feliz.”
“Si tan sólo tuviera X… seguro que sería feliz.”
“Si perdiera X kg sería feliz.”

A veces nos obsesionamos tanto con las cosas que no nos gustan de nuestra vida, o con las cosas que queremos conseguir, que se nos olvida que ya somos felices. Y dejamos de serlo porque nos convencemos a nosotros mismos de que no podemos serlo hasta que consigamos aquello que nos falta, o hasta que nos hayamos desecho de aquello que nos sobra. Quizá hasta que consigamos solucionar ese problema que nunca parece querer irse del todo.

¿Te has parado a pensar en todas las razones por las que eres muy afortunado simplemente por ser quien eres? ¿Por tener a tu alreadedor a las personas que tienes? ¿Por tus logros?

Comentaba al principio que me sorprendía la diferencia entre nuestro yo del día a día, y ese yo nostálgico que aflora cuando nos encontramos aquel detalle guardado en el cajón. Ese yo nostálgico que ha olvidado todas las razones por las que en su momento pensábamos que no éramos felices (¿recuerdas lo triste que estabas cuando rompiste con tu primer amor? ¿lo que te fastidió aquel pequeño ridículo en público?), y que consigue hacernos creer que en aquel momento éramos felices incluso aunque nosotros no lo pensáramos. Muchas veces también consigue convertir aquellas razones en motivo de pasajera felicidad (¿no has sonreído al pensar en lo triste que estabas cuando rompiste con tu primer amor?).
Quizá nosotros debiéramos aprender de él.

Aprender a apreciar que no necesitamos mucho para ser felices.
Aprender a apreciar que la vida es maravillosa hoy, igual que lo fue ayer, e igual que lo será mañana. Que no nos falta nada para ser felices, porque no necesitamos nada que no tengamos ya. Y que incluso el exceso de equipaje que podamos llevar tampoco importa tanto. Aprender a apreciar que si hoy la vida nos envía nubarrones, no se quedarán para siempre.

Quizá debiéramos aprender a apreciar que todo lo que hoy nos impide ser feliz, ni siquiera estará en nuestra memoria dentro de unos meses.

Quizá se trate de aprender a olvidar, antes de haber olvidado.

De aprender a mirar la vida con los ojos de la nostalgia, donde lo que nos falta es menos importante que lo que tenemos.

Abre los ojos.
Abre el cajón.
Y nunca te olvides de aquellas pequeñas cosas:
son las únicas que merecen la pena.

Sé feliz.

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